La ebriedad del perro
En verano el Rotary Club de Resistencia cambia la cena formal de los martes por un asado en casa de algún socio. Durante los años noventa y la primera década de este siglo, esos encuentros fueron en el quincho de Víctor R., sobre avenida Laprida. Isidoro Wojtun cuenta acá lo que pasó en uno de ellos.
Si tuviere que aventurar una fecha, me situaría a fines de enero de 2004. La siguiente historia acaeció en ese entonces, pero nunca salió a la luz. Pasados muchos años, la develo, pues estimo merece ser contada.
Un día martes muy temprano, – porque ambos éramos madrugadores -, recibo una comunicación telefónica de Víctor R. Como era costumbre entre nosotros, charlamos de todo, pero no lograba acertar el motivo por el que pudo haberme llamado tan temprano. Algún hecho desagradable no podría ser, pues su voz denotaba suma tranquilidad. Además, usaba términos jocosos. Tras comentarios de todo tipo, repentinamente da un giro brusco a la conversación y me dice:
— ¿“Compinche”, no querés venir esta tardecita para ayudarme con el asado? Lo quiero hacer yo, pues a mí asador lo veo muy chambón.
— Sí Víctor, fue mi respuesta instantánea. No sólo hoy, iré todos los martes. ¿A qué hora te parece bien?
— Venite para cuando esté entrando el sol. Yo ya estaré haciendo la limpieza de la parrilla. También debo barrer las hojas del mango y levantar los frutos maduros que se estampillan contra el suelo y se llenan de moscas. Es una porquería que me ensucia toda la terraza.
— Contá conmigo, que puntualmente estaré a la entrada del sol. ¿Llevo algo?
— Traete un tinto, así no nos aburrimos solos.
Antes de la puesta del sol, me presenté a la cita. Metí la mano en el intrincado mecanismo de la traba del portón, sin lograr descorrerlo. No me quedó más opción que pegar un grito. Desde el portal al quincho, había una distancia de unos 20 metros, o más.
— Víctor; no puedo abrir el portón.
— Ya voy, tiene su “vueltita”, a prueba de vándalos. Sabía que vendrías, por eso lo aseguré.
Ante esa indirecta “de baja estofa”, lo mandé hacia “alguna parte”, bien lejos. Era nuestro estilo. Nos unía una sólida y sincera amistad, la que siempre la enaltecíamos.
Mientras esperaba al dueño de casa para que me abriera el portal, el perro, casi del tamaño de un ternero, escudado tras las rejas, me miraba con cara de pocos amigos. No me ladraba, pero con su fiera mirada me decía, aquí no intentes entrar. Como hubo un intercambio verbal entre su amo y yo, quedó algo más tranquilo, pues habría estimado que entre nosotros existiría amistad.
Abierto el portón, Víctor me enseñó los secretos de su mecanismo de cierre. Luego me presentó al perro. Ambos lo acariciamos, le hicimos mimos, le hablamos, hasta que decididamente me lamió las manos, signo de que habíamos logrado sellar nuestro afecto.
Nosotros y el perro, recorrimos todo el trayecto del pasillo, de dimensiones suficientes para entrar cómodamente con vehículos, espacio que, en fila india, permitía el estacionamiento de al menos cuatro a cinco coches. A la izquierda, teníamos la medianera del vecino, una construcción de planta alta. A la derecha, un muro de unos 1,20 metros de alto, que, tras él, el terreno estaba rellenado con tierra hasta esa altura, que con un césped muy bien cuidado, formaba una terraza verde, excelente espacio de unos 6 x 20 metros. Todo un lujo. Se accedía a ella, por una escalera junto al añoso Mango. Del rellano de la escalera, a la derecha, a pocos metros, y contra la otra medianera (propiedad de su hijo), se enclavaba la parrilla de generosas dimensiones y llena de automatismos al mejor estilo “Victoriano”. Del rellano, a la izquierda, se accedía a otra escalinata de cuatro peldaños, la que comunicaba con una amplia terraza, formada por el techo de hormigón que correspondía al quincho cerrado, cocina y sanitarios. Tras esas edificaciones, ya en el fondo del terreno, la pileta de natación; rodeada de frondosas plantas, completaba el excelso cuadro al mejor gusto caribeño. Dependiendo del clima, las reuniones se desarrollaban en algunos de los espacios descritos. Cualquiera, exhibía prestancia.
Ayudé a Víctor a levantar la basura del barrido de la terraza, que, en su mayoría, eran hojas del magnífico Mango. Los emplastos de los frutos fermentados, tenían un tratamiento especial.
— Mientras condimento la carne, puedes encender el carbón. Debajo de la parrilla tienes astillas y maderitas de álamo. No tengo querosene. Tengo un pabilo de grasa que anda muy bien. Los fósforos los dejé en la mesada.
— Conozco esos elementos. Arden muy bien, fue mi respuesta a tantas indicaciones. Hubiere querido decirle que no era un novato en el tema, pero no quise iniciar todavía las
— discusiones con las que nos divertíamos.
— Hoy, en el Hospital, me crucé con Julio L. Prometió venir temprano. Julio es cumplidor, añadió Víctor.
Encendido el fuego, no tuvo problemas para tomar dimensión, pues era un día caluroso y con poca humedad ambiente. La cantidad de carbón era más que suficiente, de manera que la fuente de calor estaba bien asegurada.
— Todavía es temprano. Los cortes los pedí de poco grosor, por lo que la carne se asará rápido. ¿Qué te parece si abrís el vino mientras yo preparo una “picada”?
— Excelente idea “compinche”, fue mi animada respuesta.
Mientras me ocupé en desparramar las brasas en la parrilla para que el piso de ladrillo refractario fuera tomando calor, Víctor bajó las escaleras y desapareció dentro del Comedor. Al rato apareció con una tabla colmada con la “picada”, compuesta por trocitos de queso, salamín picado grueso, mortadela, y chorizo ahumado.
— Te encargué los vasos, le recordé.
— Que cabeza hueca. Ya bajo y los busco. ¿Algo más, así no tengo que bajar a cada instante?
— Si tienes, trae un trapo, o papel de diario, para limpiar la parrilla. Además, bajarás las veces que haga falta. Es cosa tuya la de hacer una construcción tan sofisticada.
Con un elocuente ademán, descifré, “entre líneas”, los exabruptos a punto de lanzarme, pero fueron retenidos “in pectore”.
— Es que cuando la proyecté, era joven. Nunca pensé que uno llegaría a viejo.
Ya instalados en cómodos sillones, en la mesa de jardín emplazamos la “picada”, toda a nuestra disposición; y del tinto bien añejo, seguimos departiendo sobre temas varios. Siempre me intrigaba su dedicación a la carpintería artesanal, y de las exquisitas piezas que lograba. Siendo él, un afamado médico, era admirable su pasión por la madera, oficio que lo tenía ocupado todas las mañanas de todos los días, dado que en su Consultorio atendía solo de tarde. Me parecían dos ocupaciones tan disímiles, por no decir reñidas. Además, sus dotes de escultor, que partiendo de trozos de leños escogidos a la vera del río, siempre veía en ellos una potencial obra de arte. Y bien que lo lograba.
Mientras esta conversación se daba, el perro permanecía junto a mí, dado que de vez en cuando lo convidaba con un trozo de pan o mortadela. Primero lo olfateaba, dudaba, analizaba, luego con sumo cuidado lo tomaba. Perro de rico. Pensé, pero no lo dije. La idea quedó presa en mi fuero interior.
Aproveché para contarle a Víctor, que, en el campo, los perros siempre viven con hambre, pero sin llegar a ser escuálidos. Se mantienen en forma, ágiles. Ya sea, porque se los alimenta poco, o porque corren demasiado y gastan energía. Pero convengamos, nadie quería un perro gordo, pues se vuelve inútil. Cuando le tirábamos un hueso, a dos metros de suelo era alcanzado de un tarascazo. Por supuesto, ganaba el más ágil. Para no ser siempre perdedores, hasta el más torpe se volvía veloz.
Instalada la confianza, el perro de Víctor tomaba lo que le ofrecía sin mayores miramientos. Tomé un trozo de pan, lo mojé con un poquito de vino y se lo ofrecí. Olfateó y se retiró. Insistí, pero el perro no se daba por aludido.
Intervino Víctor para explicarme que un can, nunca ingeriría alcohol, dado que su olfato es tan desarrollado, que los vapores que el etanol desprende, irrita el epitelio olfatorio, lo que le provoca el total rechazo a esa sustancia. Además, es algo que él nunca ingirió, por lo que no se arriesgaría a comer algo que desconoce. Y la clase magistral de anatomía y fisiología prosiguió, ya que tanto profesor como el alumno, estaban lo suficientemente incentivados por el brebaje que el perro rechazó. Y la explicación continuó, donde hizo gala de su sapiencia como médico de tantos años de experiencia. Me paseó por moléculas, senos paranasales, nervios olfatorios, todo un derroche de conocimiento, que me costaba seguirlo en sus eminentes explicaciones, menos entenderlo.
— Mirá Víctor, eso es lo que dicen los libros, y lo que aprendiste estudiando. Pero te demostraré que, con suma facilidad “empedaré” tu galgo, picardía que en el campo es moneda corriente.
Tomé un trozo de pan, en la parrilla lo embadurné con la grasa que el asado despedía, lo abrí al medio y vertí unas gotas de vino y lo cerré. El perro, lo tomó sin miramientos. La grasa de exquisito sabor, confundía el olor del etanol, el que tampoco se liberaba, pues estaba contenido en medio del bocado de pan.
— Aguardemos unos minutos, para que el alcohol haga su efecto, fueron mis instrucciones.
Cuando le ofrecí el segundo bocado, éste tenía algo más de vino. Al tercero, ya no era necesario untarlo con grasa. Pan y vino, era suficiente. Con muy poca dosis (ínfima), al no estar acostumbrado a esa sustancia, al perro lo afecta mucho. Y según mi teoría, le causa una rápida adicción.
Víctor no daba crédito a lo que veía. Su perro caminaba de una forma tan estrambótica que al más malhumorado lo haría “matar de la risa”. Iba de babor a estribor, llevándose por delante cuanto objeto se le interponía. Además, veía fantasmas, pues le ladraba a cualquier cosa; y a cosas inexistentes. Más que ladrar, carraspeaba.
— Sos un loco, nunca vi espectáculo igual.
— Pero convengamos, precisé; se trata solo de una minúscula ración de vino, solo unas cuantas gotas. Mayor cantidad, le hace mal. Su hígado no está preparado para asimilarlo; fue mi aporte científico.
Nos despanzurramos de la risa, pues las cosas que el perro hacía, estaban fuera de toda lógica. A su amo le costaba creer la metamorfosis que en pocos segundos transformó a su guardián. Era un espectáculo circense.
Mientras disfrutábamos del pasatiempo, escuchamos una voz proveniente del portón.
— ¿Quién es?, gritó Víctor.
— Yo, Julio; fue la respuesta.
— Ah; abrí el portón, ya sabes del truco de la traba.
Cuando el perro escuchó la voz de Julio L., – viejos conocidos -, le salió al encuentro. Al intentar bajar las escaleras, tras el paso para sortear el primer peldaño, perdió equilibrio y fue rodando cuesta abajo. Quedó desparramado en el piso. Demoró unos instantes para incorporarse, como quien se preguntara qué me pudo haber pasado para llegar a semejante porrazo. Para ese entonces, el dueño de casa casi estalla de las carcajadas. Faltó que se revolcara en el piso. Era un espectáculo único. Hasta los muros reían.
Sin los inconvenientes que yo tuve, Julio abrió el portón, y tras cerrarlo saludó al sabueso quien lo había recibido con excesivo cariño y desmedidos festejos. Cuando en su algarabía, el perro se levanta y apoya las patas sobre la camisa, Julio se lo saca de encima de un empujón pues se las veían embarradas. El can tuvo una reacción impropia de él, y menos contra Julio – rancios amigos -, mordiéndole fuertemente en el brazo.
— Che Víctor, qué mier… le pasa a tu perro; me mordió.
Como impelido por un relámpago, Víctor bajó las escaleras y corrió para asistir a nuestro amigo. El perro seguía festejando, en total desconocimiento del daño que había causado.
Directamente, y atravesando el largo pasillo donde estacionan los vehículos, ambos fueron al Comedor, en el instante en que yo también me uní a ellos. Bajo la luz, constatamos que tres colmillos traspasaron la piel, pues las heridas sangraban profusamente. Como buen Médico, Víctor apeló a su Botiquín y le practicó los primeros auxilios, lavando y desinfectando prolijamente las lesiones. Aplicando un vendaje apropiado, dio por concluido el trabajo de salvamento. Julio, avezado galeno, aprobó la obra.
Subimos a la terraza verde, junto a la mesa de la “picada”. Víctor le señaló la tabla con los manjares, pero Julio, visiblemente alterado rechazó el convite. Después; fue su áspera respuesta.
— Che Víctor, que carajo le pasa a tu perro. Nunca tuvo un comportamiento así. Son tantos años los que nos conocemos, siempre lo acaricio, y siempre jugamos.
— Probablemente porque le pegaste, aventuró Víctor una respuesta “al voleo”, pues nada vio cuando los hechos sucedieron.
— No le pegué, contestó alterado. Solo me lo saqué de encima. Mirá como me dejó la camisa. Está loco tu perro. Y seguía con sus regaños. Me duele el brazo.
— Vení Isidoro, controlemos el asado, fue la invitación de Víctor.
Ambos, con linterna en mano fuimos a la parrilla. Toda una excusa. No abras la boca, no cuentes nada, me advirtió. Ya se le pasará “la chinche”. Si le decimos la verdad, se puede enojar. Nadie lo hizo con intención.
Y las quejas e imprecaciones se sucedían tras pequeñas pausas.
Creo que a Julio le dolía más la actitud del perro que sus heridas. Lentamente fue cediendo en sus irreverencias hacia el pobre sabueso. Hasta tomó unos bocaditos. No recuerdo si bebió el vaso con vino, que con prestancia Víctor le sirvió.
Nuestro anfitrión se esforzaba por sacarlo del tema iniciando cualquier conversación, pero Julio no se prendía. Encontraba nuevos epítetos para denigrar al perro y se los lanzaba con saña tenaz. Agotó el diccionario del “vulgo”. Pero las imputaciones y calificativos de grueso calibre, eran “in absentia” del imputado, pues el mastín fue llevado al sector de la pileta de natación apenas concluidas las curaciones. Si “el herido” hubiera visto su estado, quedarían muy expuestas las razones.
— Alguna razón habrá para que el animal tenga ese comportamiento. Tendrás que vigilarlo. Es muy raro todo esto.
— A mí también me sorprende.
No sé en qué se sustentó, pero Víctor, seriamente, simuló muy bien su preocupación.
— Ché Víctor: ¿tu perro está al día con las vacunas?
— Sí Julio, bien sabes que en este tema pongo sumo cuidado. Tengo varios nietos que los fines de semana vienen a la pileta. Apuesto especial esmero en protegerlos contra cualquier contingencia con el animal. Además, no tiene ningún contacto con otros perros.
Examinamos el asado, arrimándole algo de brasas, pues con el tema a cuestas, casi nos olvidamos del menú.
Julio, pensativo, miraba su brazo. Nada raro se presentaba. Pero seguía ensimismado. Lentamente, abordamos algún asunto de interés, en la que el paciente “enganchó” y vertió las primeras impresiones. El tema fue tomando dimensión, por lo que requería de sus nuevas intervenciones. La reunión fue tomando color.
Menguado, o casi olvidado el incidente, se hizo un repentino silencio cuando nuestro anfitrión bajó a buscar otra botella de tinto; y yo a examinar la parrilla. A su regreso, y con la picardía que lo caracterizaba, Víctor se le acerca, y poniéndole la mano sobre el hombro, le apunta:
— Sabés compinche, estoy preocupado por el perro.
Julio, levantando la cabeza, lo mira, entre extrañado y crispado, y le lanza:
— ¿Qué te preocupa del perro? ¿Qué le puede pasar? denotando severidad en el tono de su voz.
— No lo tomes a mal; pero quiero saber: ¿vos estás vacunado?
Julio L. falleció el 19 de diciembre de 2020. Víctor R., el 18 de marzo de 2012.
