Enrique Febbraro, un amigo

Retrato del Dr. Enrique Febbraro
Dr. Enrique Febbraro, creador del Día del Amigo.

Desde su consultorio de Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires, envió mil cartas a cien países de las cuales obtuvo 700 respuestas. Su idea la terminó patentando en el Registro de la Propiedad Intelectual en el año 1972, luego la donó al Rotary Club, del cual era miembro. Una década más tarde de que Neil Armstrong pisara la Luna, durante el gobierno militar el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires estableció a través del Decreto 235/79 la oficialización del “Día del Amigo”.

El 20 de julio de 1969, mientras era testigo de la transmisión televisiva que mostraba la llegada del hombre a la Luna, imaginó que era la ocasión perfecta para lanzar una idea que venía madurando desde hacía tiempo: la de instaurar un “Día Internacional del Amigo”. Y antes de que la Apolo XI regresara a la Tierra, envió desde su consultorio de Lomas de Zamora mil cartas, a cien países diferentes. Siete de cada diez misivas tuvieron eco: se había dado el puntapié inicial de una celebración que hoy es oficial en cien naciones, entre ellas, desde 1999, la Argentina.

“Escuché que el alunizaje del módulo era una suerte de gesto de amistad de la humanidad para con el universo” recordó Febbraro: y me dije… ¡hoy es el día! Ahora, la fecha ya está instalada en la agenda del corazón de los argentinos. Es un símbolo, que triunfó de una manera rotunda y se desarrolló transparente, tal como debe ser el vínculo que une a las personas que merecen ser llamadas “amigas”.

Miembro a la vez del Rotary Club y el Club de Leones, el profesional y docente tuvo una vasta participación institucional, y mereció innumerables distinciones: la más importante, sin dudas, ser nominado en dos oportunidades al premio Nobel de la Paz. Además, fue designado Ciudadano Ilustre de la ciudad de Buenos Aires y Miami; condecorado en San Pablo, Maipú (Chile), Mar del Plata y Resistencia; y declarado “Mayor Notable Argentino” por la Cámara de Diputados de la Nación. Una frase del Dr. Febbraro que se hizo famosa “Cuando llueve comparto mi paraguas, si no tengo paraguas, comparto la lluvia”.

Enrique Febbraro visitó la ciudad de Resistencia en dos ocasiones. En ambas, para celebrar el “Día del Amigo” en reuniones ordinarias del Rotary Club de Resistencia. En la primera, durante la Presidencia de Ricardo Corona (1997/98), oportunidad en la que dio una charla sobre “Inteligencia Emocional” en el Aula Magna del Colegio Industrial (Av. Paraguay y French). En la segunda visita, durante la Presidencia de Isidoro Wojtun (2000/01), se aprovechó la oportunidad para celebrar el “Día del Amigo” y el Aniversario del Club. Febbraro se hospedó en mi casa, lo que nos permitió tener muchas horas de animada charla sobre temas diversos; sobre todo filosofar. Una noche compartimos un asado del que Enrique participó en la elaboración, observando detenidamente los detalles, pues entendía que cada provincia o región tiene su estilo del que gustaba asimilar. De la cena participaron cinco matrimonios Rotarios de mi Club. Fue una noche “para el recuerdo”. Pasada la medianoche, retirados los invitados, nosotros dos, con varias copas a nuestro favor, con la mente “despejada” seguimos filosofando en una animada charla. Confieso que me sentía a gusto a pesar de tener como interlocutor a un personaje de tamaña envergadura. Nada recuerdo de mis razonamientos, pero Febbraro los aprobaba al punto de decirme, seremos grandes amigos. Cuando te encuentres en Capital, hazte un tiempo para compartir momentos, enfatizó. Además, te presentaré varios amigos. Prometí que lo haría con gusto.

En mis periódicos viajes a Buenos Aires, lo visitaba, pues así habíamos convenido, lo que constituía una obligación moral difícil de soslayarla. Gustaba tomar un Taxi y pasearme por lugares históricos de su infancia y juventud. Cada recorrido se iniciaba a las diez horas y culminaba en algún Comedor “de estilo” pasadas las trece. La abultada cuenta del Taxi y del almuerzo las afrontaba sin darme lugar a compartir tamaña erogación. Por la noche, yo era especial invitado a las tertulias de la “Orden de los Antiguos Bohemios Caballeros de Buenos Aires”, viejos amigos de Febbraro, espacio donde compartían temas de elevado contenido. Mis relatos sobre la vida campechana en el Chaco los fascinaban. Se me figuraba que escuchaban a un alienígena. Cualquier narración les era tan exótica y lejana en el tiempo, con lo que me convencí del desconocimiento que tienen del interior del país. Razonando en cierta oportunidad, la que se me presentó “en bandeja”, les dije: Buenos Aires no gastó una sola bala en pos de la Independencia. Salta, Jujuy y Tucumán hicieron todo el “trabajo sucio” para darnos la Libertad. Fueron los pueblos del Norte los que han contenido a los realistas. Un hondo silencio se coló en la Sala, y tras el paréntesis alguien atinó a decir: tienes toda la razón. Desde entonces fui uno más de ellos. En mi oficina, en un selecto espacio, exhibo encuadrado el Pergamino que se me otorgó como miembro de la “Orden” en calidad de “Caballero” del Pensamiento, la Pluma, la Palabra y la Obra, suscripta por Enrique Febbraro, fechada el 25 de mayo de 1997.

En una oportunidad me sugirió (exigió) que, en un próximo viaje, trajera a mi esposa, pues deseaba agasajarme con algo muy especial. Prometí que lo haría. Anticipó que a su casa no iríamos, pues su esposa Ángela padecía de un cáncer de garganta lo que obligó a que le practicaran una traqueotomía. Comentó que tal situación le producía repentinos accesos de tos intensos con síntomas de asfixia, sosteniendo que tales acontecimientos eran muy desagradables de los que no quería que seamos partícipes.

Por Carta simple de Correo Postal, pues era el único medio de comunicación seguro que acostumbrábamos, pues encontrarlo al teléfono era improbable, le anticipé de mi visita junto a mi esposa. Llegado el día, nuevamente recorrimos el Barrio de Balvanera y San Cristóbal, oficiando Enrique de excelente Guía de Turismo. Tras el almuerzo, nos dirigimos a su Oficina de la calle Carlos Calvo. Al entrar a su Despacho, mi esposa Wanda, no salía de su asombro al ver las paredes cubiertas de Placas cosechadas en todo el Mundo, fruto de sus exposiciones. Las había de Universidades, Gobiernos y Reinados. Varias también de Clubes Rotarios de América y del Viejo Mundo. Tras deleitarnos viendo tantos testimonios de homenajes que tachonaban las paredes, Enrique aparece con un pequeño baúl al tiempo que nos dice: es para ustedes. Supuse de lo que se trataba. Removió dos trabas y abrió la tapa. Al instante apareció impecable el mecanismo de una vitrola de comienzos del siglo XX impecablemente conservada. Nos contó de su procedencia, relato que nos puso la piel de gallina. A mi requerimiento, redactó una síntesis de la narración sobre un fragmento de cartulina y me lo entregó. Transcribo textualmente su contenido: “VICTROLA que integraba la primera serie de aparatos reproductores a cuerda armados en la Argentina. La Caja es de fabricación nacional y de gran sonoridad, complementada con una membrana originalmente de fonógrafo Víctor. El aparato fue donado por el Actor Fernando Ochoa a su amigo Enrique José Febbraro (padre) en 1945 para amenizar los entretenimientos en la Academia Pugilística La Higuera. Finalmente fue obsequiada por el Creador del Día del Amigo, Dr. Enrique Febbraro al gustador de Tangos D. Isidoro Wojtun en 1997”. (Fernando Ochoa fue un ilustre actor en la década del 30 que brilló tanto en el escenario y radio, como en la pantalla grande y la Televisión argentina).

Continuando con su exposición, enfatizó que, cuando era “pibe” tenía que cebar mate a su padre quien se reunía con amigos, entre ellos el célebre boxeador Luis Ángel Firpo (El Toro de la Pampas), músicos ilustres de la época, destacando la amistad de su progenitor, entre otros, con Borges, Leopoldo Lugones, Homero Manzi y Enrique Santos Discépolo. Con voz serena pero firme concluyó: Isidoro, quiero que sepas, en esta vitrola, allá por el año 1915, en casa de los Ochoa, Carlos Gardel, todavía principiante, antes de saltar a la fama, escuchó por primera vez un disco sonoro. Mi asombro fue mayúsculo. Tras cartón, de un armario extrajo una parva de discos (de pasta, de 78 rpm), en su mayoría de Tangos de autores de esos lejanos tiempos.

La comunicación epistolar continuó sin solución de continuidad, cartas que atesoro con celo especial. En cada una de ellas ahondábamos nuestra amistad y mutua admiración y respeto. En una de ellas sostuvo: lograste ser mi mejor Amigo. Con humildad acepté el “cumplido” sospechando que fue un desliz que pudo haber tenido en un momento emotivo muy especial. Si bien logramos cultivar un aquilatado afecto, el de “mejor amigo” me pareció algo excesivo. Pero el tiempo luego lo confirmó.

El haberse desprendido de semejante reliquia histórica (Vitrola), fue un anticipo de la amistad que supimos forjar. Pero el remate en donde quedó evidenciado el sincero aprecio, fue cuando falleció su esposa Ángela. Lamentablemente no grabé la fecha y tampoco pude obtenerla navegando en la red. Fue en los primeros días de enero de 2007 (o 2006). El año no viene al caso, pero sí recuerdo que era en los primeros días de un enero muy caluroso (al menos en el Chaco). Con mi familia acostumbrábamos viajar con regularidad a nuestro pueblo de Coronel Du Graty, pues conservábamos todavía la casa que había que mantenerla en condiciones, y de paso visitar a mis hermanos y hermanas, sobrinos e hijos de estos. Lo hacíamos un sábado de madrugada, regresando a Resistencia a últimas horas del domingo. En uno de esos viajes, al regresar, domingo de extremo calor, y el sol, ya a punto de perderse en el horizonte, estaciono el auto en el garaje abierto de mi casa (Saavedra 214), y ni bien bajo, escucho que el teléfono estaba sonando. Cual un rayo, abrí la puerta y corrí a tomar el auricular antes de que cortaran la llamada. Al acostumbrado “hola”, escucho el saludo apagado de Febbraro. ¡Eh Enrique!, que alegría escucharte, no sin asombro, pues habíamos convenido no molestarnos los fines de semana. Te llamo para avisarte que falleció Ángela. Quedé petrificado, pues imaginé su inmenso dolor en virtud del cariño y cuidado que él le profesaba. Continuó: fue esta madrugada a causa del mal que la aquejaba desde hace varios años. Como todos mis amigos están de vacaciones no quise molestar a nadie, y con mi familia convinimos honrarla con un velorio íntimo. La sepultamos esta tarde en un Cementerio Parque. Recién llego a casa. Tratando de rearmarme después de tan duro golpe, pensé en llamar a alguien para compartir mi dolor. El primero que se me ocurrió, eres tú. Y tampoco llamaré a otro, pues solo tenía la necesidad de contarle a alguien. La charla la extendimos por varios minutos en el intento de insuflarle aliento y cristiana resignación, y di mi promesa de viajar pronto para visitarlo. Cumplí mi palabra. A las pocas semanas viajé, lo visité, y ya tranquilos departimos y filosofamos sobre nuestro paso tan fugaz por este Mundo. Este acontecimiento confirmó, o al menos lo entiendo así, de que cuando sentenció tiempo atrás de que yo era su mejor amigo. Ya no me importa si era el mejor, pero sí sé que formaba parte de su selecto grupo de amistades.

Luego de la muerte de su esposa Ángela, su estado de ánimo se deterioró. Frecuentemente comentaba que sufría de ciertos achaques, a tal punto que nuestra comunicación se interrumpía por periodos prolongados. Contemporáneamente, a mediados de 2008, en una revisión médica de rutina, me detectaron una dolencia que requería un tratamiento costoso en Capital Federal. En mi viaje a los fines de buscar alternativas a mi problema, visité a Enrique, encontrándolo muy cabizbajo, donde era evidente que padecía algún problema serio. Mi sospecha estuvo bien fundada, en razón de que no logré comunicarme más, hasta enterarme de su muerte por los medios públicos de comunicación. Su deceso ocurrió el 4 de noviembre de 2008.

Enrique Febbraro, el hombre que hablaba pausado, con un léxico y un tono de voz que remiten a un catedrático, y gesticulaba con sus manos como si fuera un obispo. Su rostro era una mezcla entre Jorge Luis Borges y Favaloro. Pero era Enrique Ernesto Febbraro, un hombre maduro pero joven, que, acaso por coquetería, se negaba a revelar su edad. A tamaña personalidad le debemos eterna gratitud por su genial idea de crear el “Día del Amigo”.

Relato de Isidoro Wojtun, presentado al Concurso de Escrituras 2024.

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