Vivencia rotaria en Ecuador
Participaron del viaje Daniel Toledo, Danilo Marcón e Isidoro Wojtun, que es quien lo cuenta.
Cuando levanté el auricular, y tras el “hola” de práctica, me sorprendió lo temprano de su llamada, pero no de quien me saludaba, pues su “intrusión” era siempre imprevisible, que, con su voz inconfundible, a diario se comunicaba conmigo como si fuera una imposición, oportunidad todas, en la que conversábamos sobre temas Rotarios. Pero confieso, nunca tan de madrugada.
— Como estas Isidorito. ¿Estás despierto?
— Bien y vos Danilo, fue mi respuesta con un dejo de grata sorpresa. A qué se debe esta llamada tan temprano. ¿Te caíste de la cama?
— No. Es que tengo que salir hacia Castelli; estamos con ganas de fundar un Club Rotario. Tenemos varias reuniones programadas, y es por ello que debo salir de viaje tan temprano. Son 300 Km.
— Loable tu dedicación. Te deseo mucha suerte. Sé que no es fácil lograrlo.
— Sabes, anoche, mientras trataba de conciliar el sueño, se me ocurrió una gran idea: vamos; te invito formalmente al Instituto Rotario de Quito (Ecuador). Estará el Presidente del Rotary International, el Italiano Carlo Ravizza, del Rotary Club de Milano. Es una figura internacional descollante, y no me la quiero perder. Poder estrecharle la mano, será un gran honor y un sueño largamente anhelado; y tengo mucha fe de que se me pueda dar. Y quien dice que tú tengas también esa posibilidad.
Y la charla siguió, donde Danilo volcó detalles, fechas y lugares, sin dar lugar a que pueda recuperarme y coordinar una respuesta. Hablaba con tanta naturalidad como se tratara de dar un paseo en torno a la plaza.
— Lo analizaré y te daré una pronta respuesta. Me gusta la idea. ¿Quién más viajaría, pregunté?
— Pienso invitarlo también a Dani Toledo; y alguien más, pero ahora no se me ocurre a quien.
— Cuando regreses de tu gira, avísame y nos reuniremos para ahondar en detalles. Pero te adelanto que haré lo posible para ir.
Colgué el teléfono. Mi mente se trasformó en una sofisticada calculadora científica de posibilidades. Osada la invitación y la empresa, pero bien valía la pena intentarlo.
De regreso de su visita a la ciudad de Castelli, Danilo, ya en su calidad de Gobernador electo del Distrito 4790 de Rotary International (Periodo 2000/01), nos convocó a Daniel Toledo y a mí, a los fines de profundizar en los pormenores de la propuesta del viaje a Quito. Convinimos un día viernes a las veinte horas en mi casa de la calle Saavedra. Una “picada”, gaseosas y vino fue la justificación para el encuentro. Anécdotas del viaje de las mini vacaciones de invierno que cada uno trajo consigo, fue el disparador del encuentro.
— Che Danilo, hablemos de tu propuesta, fue mi abrupta interrupción a las cataratas de vivencias que con entusiasmo desgranábamos.
— Entre los días 30 de septiembre al 3 de octubre de 1999, en la ciudad de Quito, Ecuador, se llevará a cabo el XXV Instituto Rotario correspondientes a la Zona 23-B de América del Sur, con la excepción de Brasil, pues ellos, por ser un país tan extenso, conforman una zona en solitario. Yo tengo la obligación moral de asistir, dada mi calidad de Gobernador electo de nuestro Distrito 4790 (hoy 4845). Por eso los invito, para no ir solo.
Daniel estimó que, de poder reacomodar los turnos de cirugías oftalmológicas ya asignados a sus pacientes, con seguridad se anotaría. Hizo una pequeña pausa como dudando y prosiguió, pero esta vez para confirmar que será un sólido candidato, pues al faltar todavía casi dos meses para ese viaje, con seguridad no serían tantos los compromisos contraídos. Me anoto, fue su respuesta tajante. Yo no tuve más opción que acoplarme a la cruzada, pues era una hermosa oportunidad para estrechar vínculos con los Rotarios de continente, además, la de poder compartir varios días con personas tan aquilatadas como las que acompañaría.
— Les parece que invitemos a Orlando. Las habitaciones son dobles, y el costo es fijo, así lo ocupe una persona, fue la observación de Danilo. Bueno sería que fuéramos cuatro para compartir los gastos. La estadía y las distintas reuniones del Instituto Rotario serán todas en el Hotel Hilton, que según me contaron, fue recientemente inaugurado y es de un nivel excepcional.
De reojo miré a Daniel, pues lo vi acomodarse en el sillón, mostrando cierta preocupación. El Hilton, de cinco estrellas, no debería ser muy barato. Ambos tuvimos la misma inquietud y se la trasladamos a Danilo.
— No, no es tan caro. Son cuatrocientos dólares por noche por habitación. Siendo que seremos dos, – prosiguió, – nos corresponderá doscientos a cada uno; que, multiplicado por seis noches, nos es mucho. Consulté los pasajes en un aerolínea Ecuatoriana, lo que nos saldría tanto, más la inscripción en Instituto Rotario, la que contempla todas las comidas, más unos mil dólares para gastos personales, totalizará cuánto.
Nos mirábamos con Daniel, sin disimular nuestro asombro por la facilidad con que Danilo lanzaba cifras a diestra siniestra. Hubiere querido preguntarle si los “verdes” de los que hablaba, se los conseguían entre la lechuga de la huerta. A decir verdad, casi “arrugamos”. Pero Daniel, sacando pecho dijo que bien vale la pena asistir a un acontecimiento tan especial. De paso podríamos ir a las Galápagos, y además traer de Quito algunos objetos de plata.
A partir de ese día, Danilo se ocupó de todo, con un empeño sin igual, como a quien se le encargara el trámite con la promesa de una jugosa comisión por la gestión.
Y llegó el día. Partimos desde Resistencia en un vuelo que llegó ya de noche. Pernoctamos en Buenos Aires, muy cerca del local de la Empresa (Manuel Tienda De León) que nos llevaría temprano al Aeropuerto Internacional de Ezeiza. El vuelo que partía a las nueve horas, hacía escala en Santiago de Chile, otro en Guayaquil, llegando por la tarde a Quito. Fue algo cansador, pues las escalas eran algo prolongadas y tediosas.
Cuando sobrevolábamos los Andes, no podía dar crédito a los que mis ojos veían. Habré contemplado miles de fotos y documentales de las cumbres heladas, pero el espectáculo que veía me dejó atónito. Con mi capacidad de asombro en decadencia, ésta me volvió con todo su esplendor ante tanta magnificencia. Estábamos al final de la primavera, no obstante, la nieve se resistía abandonar su blanco manto sin solución de continuidad. Todas las altas cumbres cubiertas de hielo y nieve en tamaña cantidad, constituían un espectáculo por mí nunca imaginado. Ese solo hecho, ya valió el viaje. Era la personificación de la fastuosidad.
La delegación Argentina la componíamos una treintena de Rotarios. Era notablemente un número bajo. Si bien, todos procedíamos de Clubes de las distintas provincias, a la hora de embarcar en Ezeiza, nos concentramos todos bajo el amparo de la misma Agencia de Viaje, quien se encargó de toda la logística.
Cuando desembarcamos en Quito, nos sorprendió lo descuidado del Aeropuerto. La explicación que luego recibimos, es que la actual Estación había quedado rodeada por la ciudad, lo que implicaba un alto riesgo para la aeronavegación, por lo que se estaba construyendo una nueva, alejada de la capital, razón por la cual, no se asignaban recursos en algo que pronto quedaría desactivado. Concluidos los trámites migratorios, nos entregaban una cartilla con recomendaciones para aclimatarnos al “mal de altura”. La falta de oxígeno a 2.850 metros de altitud era evidente. Subir una escalera, para nosotros acostumbrados al llano, era toda una odisea. “No realice esfuerzos”, era la recomendación destacada.
Alojados en el Hotel Hilton, deslumbraba su espectacularidad. En el Hall de entrada, los arreglos florales con pimpollos de rosas rojas, eran en cantidad, dimensión, extravagancia y exquisitez rayano con lo inaudito. Alucinaría al más avezado florista.
Danilo y Daniel, ocuparon una habitación, mientras yo, solo; en otra casi contigua. Mi compañero renunció al viaje por motivos de salud de un familiar, por lo que tuve que afrontar los costos del alojamiento en solitario. Con indirectas se lo hice saber a mis amigos de viaje, intentando un resarcimiento. Pero al parecer, resultaba evidente de que el mal de altura, o la ceniza volcánica habría afectado sus tímpanos. No tenía la oportunidad de la división por dos, lo que atentó gravemente a mis finanzas, pero como el clima (humano) era excepcional, todo quedó disimulado. El clima meteorológico, era otra cosa. Casi un caos.
Un año atrás, ya en octubre de 1998, por primera vez en la historia de la ciudad, se había declarado la alerta volcánica del “Pichincha”. El volcán entró en erupción un año después, justo al tiempo de nuestra llegada a Quito, ciudad que se erige en las laderas del coloso.
En el análisis de la crisis, se mostraba las numerosas vulnerabilidades de la capital ecuatoriana exhibía frente a los riesgos volcánicos, ampliamente ignorados hasta entonces, y puso en evidencia las debilidades de la gestión de crisis. Una caída de ceniza poco importante provocó muchas perturbaciones, particularmente en el transporte, y la simple declaración de las alertas desestabilizó el funcionamiento habitual de la ciudad en especial por el cierre de los establecimientos escolares. Esta crisis volcánica, que se extendió durante más de un año, resultó ser una ocasión para desarrollar un verdadero procedimiento de aprendizaje y de fortalecimiento de las capacidades de enfrentar riesgos, tanto para la administración como para los científicos y la población.
El cierre de los establecimientos escolares del 27 de setiembre al 8 de octubre de 1999, generó numerosos problemas como las pérdidas económicas registradas por el transporte colectivo de niños y por las actividades comerciales, a menudo informales, que gravitan alrededor de los colegios. Las autoridades aconsejaron la rápida evacuación de todos los niños hacia otros centros poblados distantes del volcán próximo a estallar.
El 5 de octubre se produjo la mayor explosión de ceniza en el cráter del volcán, elevándola hasta 12 km de altura. Una hecatombe. Quito quedó bajo una gruesa capa de polvo volcánico. Ya antes, durante varios meses las continuas expulsiones de cenizas del coloso generaron un panorama de desconcierto; a esto se le sumó a que el país pasaba por una crisis económica e institucional muy profunda.
Justo ese día 5 partíamos de regreso. Pero todos los días de nuestra estancia, el volcán nos daba su sorpresa. Repentinas explosiones que elevaban una columna de ceniza a miles de metros de altura, y que, según la dirección del viento, la ciudad recibía su cuota de polvo. Se percibía el temblar de la tierra, cual estertores de un trueno justo bajo nuestros pies. En las calles se acumulaba ya una gruesa capa. Se limitó el tráfico vehicular para no agravar más la situación, porque el pasar de coches levantaba una nube de ceniza, que sumada a la que precipitaba desde el cielo, hacía del aire irrespirable.
El Presidente de Rotary International, Carlo Ravizza, el día uno de octubre recibió desde la Sede Central de Rotary Internacional en Evanston, Illinois, Estados Unidos, la orden de abandonar inmediatamente la ciudad en razón de que los Centros de Sismología anticipaban una inminente erupción de gran magnitud. Pero para ese entonces, el Aeropuerto de Quito ya fue cerrado al tráfico aéreo, en razón de que las turbinas de los aviones absorbían polvo volcánico, lo que resultaba ser un grave riesgo para el funcionamiento de los motores. Ante este cuadro de situación, la esposa del Presidente Ravizza tuvo un ataque de histeria, lo que provocó una reacción en cadena en otras damas asistentes al Congreso. Hubo más de un puñado de Rotarios, que también no disimulaban el nerviosismo e impotencia que la situación imponía. Todos quedamos presos de las circunstancias.
No obstante, las deliberaciones del Instituto tuvieron un desarrollo relativamente normal. Salvo las continuas interrupciones en la aclimatación del aire, también causadas por la absorción de cenizas, por lo que los acondicionadores también debieron apagarse. Nada cuesta imaginar lo bochornoso que se tornaba el ambiente, siendo que las disertaciones se desarrollaban justo en la línea del Ecuador, y que, en esa época del año, los rayos del sol caían impiadosos como agudas lanzas sobre la ciudad de Quito.
El Programa del Instituto era muy amplio. Exposiciones de todo tipo. Unas brillantes; otras dejaban mucho que desear. Cabe destacar la calidad y la erudición de los oradores argentinos, que con su reconocida elocuencia deslumbraron a la audiencia.
Hubo momentos de recreo en la que se aprovechaba para la realización de visitas. Recuerdo una, hecha a la Sede del Banco Central, y otra al Palacio Presidencial. No pudimos reunirnos con el Presidente de la Nación Jamil Mahuad, tal como estaba programado, dado que el Ejecutivo estaba atravesando una grave crisis política. Mahuad (abogado, descendiente de libaneses) fue electo como presidente del Ecuador en 1998, pero no culminó su periodo presidencial ya que fue cesado en sus funciones en enero del 2000, convirtiéndose en prófugo de la justicia de su país por peculado tipificado.
El 2 de octubre por la tarde, las disertaciones terminaron más temprano de lo habitual; tiempo suficiente para un breve relax, y para alistarnos a fin de viajar hacia encuentros de camaradería Rotaria en algún Club de la ciudad o ciudades vecinas, cena con los que los anfitriones agasajaron a los visitantes del continente.
Todo el contingente del Instituto, el que estimo habremos sido unas cuatrocientos Rotarios, fuimos divididos en grupos heterogéneos, en cantidades dispares, todo en función a la capacidad receptiva de cada Club. A mí me tocó viajar a una ciudad satélite de Quito, que, si bien no recuerdo su nombre, pero si tuviera que arriesgar, me inclinaría por la ciudad de Cuenca, cuyo Club ostentaba el mismo nombre. Nuestro grupo se conformó con unas 60 personas. Como a los Rotarios locales, se sumaron sus conyugues, el número de comensales pudo acercarse a los cien.
No sé qué criterio emplearon en la distribución, pero yo era el único ilustre argentino en esa distinguida embajada hacia Cuenca. Viajamos en Ómnibus, en un recorrido que duró más de una hora, no tanto por la distancia, sino por lo intrincado de la carretera. Ya instalados en un salón sobriamente decorado, nos recibieron con bocaditos y bebidas de todo tipo, en cantidad y calidad suficiente para deleitar al paladar más exigente.
Tras los saludos entrecruzados de la multitud, al toque de campana, y por altavoces, fuimos invitados a tomar asiento en torno a las mesas circulares elegantemente dispuestas. Rápidamente se formaron grupos de afinidad que ocuparon sus lugares. Yo esperé a que alguna silla quedara vacía para acoplarme. Una joven pareja de venezolanos, estaba en la misma disyuntiva. No conocían a nadie, por lo que hicimos causa común, acomodándonos en la última mesita de la sala. Rápido entramos en clima, en una conversación muy llevadera. Como diría cualquier argentino, la pasamos bomba.
La mesa cabecera era ocupada por una docena de notables, entre los que se encontraba el Presidente del Club Rotario anfitrión y su esposa. Como figura descollante, en calidad de invitado de honor, se hallaba el Ministro de Relaciones Exteriores de Ecuador, el Doctor Benjamín Ortiz.
Degustado el plato principal, y antes de los postres, tras una breve introducción al tema por parte del Presidente del Club, el Ministro fue invitado a disertar, siendo el tema elegido, el “Pichincha”. Todos nos dispusimos a escuchar una cátedra sobre vulcanología, en razón de los amargos momentos que la población de la Capital estaba atravesando, por lo que no cabría imaginar otra disertación que no se ocupara de la contingencia. Craso error. El Ministro Ortiz habló sobre el “Pichincha”, pero desde una perspectiva poética. Tas un breve repaso de la geomorfología de este coloso, de lleno nos introdujo en un Mundo mágico de poesías, poemas y prosas, que los poetas de todos los tiempos describieron con pasión y entrega, el hechizo que inspira esa eterna boca de fuego. Nos paseó por las leyendas y mitología incaica de larga data, y de las fábulas de amor de las montañas ecuatorianas, contadas por siglos, en la voz de quienes la habitan en las faldas de los volcanes.
Imprimía a su voz, una cadencia tan exquisita, con lo que logró atrapar al auditorio, que en absoluto silencio seguía con atención su riquísima disertación. No volaba una mosca. Un cerrado aplauso, coronó su eminente conferencia. Excelsa.
Ortiz, desde el atril, regresó a su asiento de la mesa cabecera, al tiempo que, quienes la ocupaban, se levantaron todos para repartir suvenires entre los asistentes. El Ministro quedó solo. Desde lejos, desde nuestra “mesita”, lo observaba y lo veía algo incómodo. Se me ocurría que correspondía prever que, mientras duraba el reparto de los presentes, alguien debiera acompañarlo. Me sobrevino una idea, y de inmediato la puse en práctica. Atravesé todo el salón, y decididamente encaré al Canciller:
— Disculpe Doctor, quisiera hacerle una pregunta acerca de su brillante disertación.
– Pues hombre, rodea la mesa y siéntate a mi lado así charlaremos tranquilos.
Así lo hice. Giramos las sillas y quedamos enfrentados, cual penitente ante a su confesor.
— ¿A qué país representas hombre?
— A la Argentina. Provengo de una provincia del Norte argentino. Chaco.
— Conozco Resistencia. La visité en oportunidad de un acontecimiento oficial. Fui Embajador de la República del Ecuador en la Argentina. ¿Dime qué quieres saber?
— Doctor, en mi país, cuando decimos una “pichincha”, nos referimos a…
— A una baratija, a algo de escaso valor, fue su respuesta, adivinando mi intención. ¿No conoces la historia y los hechos que acuñaron ese vocablo?
— No. Sé de su significado, pero siempre quise saber de su relación con el volcán, pero nunca pude dar con la respuesta.
– Ah…, detrás de todo esto hay una rica historia, y todo se lo debemos al Ejército Argentino, al Ejército de los Andes. Las expediciones libertadoras de San Martín y Bolívar, sellaron la independencia de todos los pueblos sudamericanos, pero en Ecuador quedaba todavía el último bastión realista al que el General Sucre hostigaba. En el año 1822, Sucre solicitó ayuda al Ejército de San Martín, que se hallaba en el Perú, en función de que sus fuerzas colombianas estaban algo debilitadas. Cuenta la historia que, “Entre los refuerzos que el general San Martín envió al General Sucre, en ayuda del ejército de Colombia, marcharon 96 Granaderos al mando del teniente coronel Juan Lavalle. El 21 de abril, los valientes Granaderos se batieron heroicamente en Río Bamba (en las faldas del “Pichincha”). “El teniente coronel Lavalle con su escuadrón de Granaderos a Caballo, había seguido al enemigo muy de cerca y se halló repentinamente más inmediato de lo que era prudente, a cuatrocientos caballos realistas; pero intentar retirarse ya, tan inmediato a número tan superior, conocía muy bien que era como mandar dispersarse a su gente, y por lo tanto cargó inmediatamente y arrolló sobre la infantería a la caballería realista, causándole grande pérdida. Lavalle tuvo enseguida que retirarse y habiendo sido reforzados los realistas avanzaron sobre él; pero éste conforme seguía su retirada al trote, mandó volver caras de repente y cargó por segunda vez al enemigo de modo tan decidido y brillante; les mató cuatro oficiales y cincuenta y dos hombres e hirió a muchos más, la mayor parte de los cuales escaparon bajo el fuego de la infantería. Los realistas se acobardaron tanto con esta carga y su timidez fue tan patente, que no cabe duda que aquel acontecimiento contribuyó eficazmente a la victoria de Pichincha”. En esa batalla, con la retirada de los realistas, se selló la libertad e independencia Ecuatoriana.
Enterada la ciudad de Quito de la proeza del Ejército Argentino, todo fue fiesta y celebraciones. En muestra de agradecimiento, los vecinos colmaron de regalos a los soldados que a lomo de caballo regresaban victoriosos. Vajillas y enseres de plata, y cientos de objetos decorativos del preciado metal, atiborraron sus alforjas en reconocimiento para tamaña y gloriosa aventura. Fueron vitoreados y aclamados como héroes.
Con todos los regalos a cuestas, regresaron en barco al Perú. Desde “El Callao”, nuevamente un navío los llevó hasta Valparaíso. En su derrotero, cruzaron los Andes, coloso que años atrás los vio pasar con sed de gloria, y tras largos meses de viaje en viejas carretas desencajadas, muchos de ellos llegaron a Buenos Aires. La ciudad capital, la que jamás en toda su historia tiró una sola bala en pos de la independencia, los recibió como quienes vienen de un paseo por la campiña. Los pobres soldados, muchos harapientos, vendían sus trofeos en total desconocimiento de su valor. Las familias patricias del centro de Buenos Aires se lo compraban por monedas, engalanando sus mansiones con objetos prohibitivos para ese entonces, haciendo gala y ostentación de tan valiosos botines. Cuando un circunstancial visitante, al toparse con tan preciados tesoros dejaba escapar una espontánea exclamación, pues era difícil dar crédito a tanta lujuria, objetos tan onerosos; la dueña de casa se excusaba diciendo, es de “Pichincha”. Bajo ese triste contexto se acuñó el término, indicando que lo adquirido fue por un precio vil, cual una baratija. Hoy diríamos, lo compré por una “pichincha”.
Quedé deslumbrado por la explicación, palabras que, como agua del manantial, fluían de su boca. Además, la adornó con tantas anécdotas, que me llenaron de asombro y especial admiración hacia su persona. Años pasé buscando una explicación, y en un instante la encontré. Y además tan lejos; en Ecuador. Benjamín Ortiz, era todo un señor, de una cultura general muy aquilatada, cuya erudición era envidiable.
Concluida la tarea de la entrega de presentes, los que lo distribuían, volvieron a la mesa cabecera, y yo volví a la mía. El Presidente, micrófono en mano, pidió silencio para destacar la presencia en la Sala, de una prestigiosa Orquesta Nacional, quienes obsequiarían canciones folclóricas de cada uno de los países representados en esta hermosa velada, honrando la grata presencia de Rotarios del Continente. Este anuncio fue recibido con un caluroso aplauso y vítores; para mi gusto, desmedidos. Todo indicaba que seríamos testigos de un Concierto de alto nivel.
Mientras los músicos aprontaban sus instrumentos, los mozos se encargaron de repartir botellas de champaña en todas las mesas, en cantidad generosa, a los fines del posterior brindis de honor. Ordenadamente, la orquesta inició la actuación interpretando una canción tradicional del país anfitrión, un “San Juanito”, género musical Ecuatoriano, para luego, siguiendo por Venezuela, pasear por todos las naciones, hasta el sur del Continente. Con un “joropo”, estilo folclórico venezolano continuaron su repertorio, pasando luego a un “vallenato” colombiano, y así sucesivamente, de Norte a Sur, recorrieron el acervo musical de los países sudamericanos.
Eso es lo que sucedió. Pero no lo que la gente vivió.
Fue algo increíble, conducta que pareciera ser de exclusiva propiedad de los Rotarios, ya que, a los treinta segundos del inicio de la primera canción, en alguna mesa comenzó un murmullo, luego se escuchaban voces, a las que se acoplaron otras mesas, para terminar, siendo todas, y que, para hacerse oír debieron levantar la voz, quedando los músicos bajo un eclipse total de proporciones astronómicas. Sentí vergüenza ajena, pues nadie intervenía para llamar al orden. Pensé que ello ocurriría hasta tanto culminara la primera interpretación. Pero no fue así. No sé cómo hacían para aplaudir al término de cada pieza, siendo que nadie prestaba la más mínima atención; un ápice siquiera. No era descabellado pensar que, a la segunda canción, los intérpretes enfundaran su bagaje, “violín en bolsa” como se acostumbra en la jerga popular, y se fueran sin siquiera decir adiós. Puedo asegurar sin lugar a equivocarme, de que nadie se hubiera dado cuenta si se hubieren marchado, portazo por medio. Pero estos “heroicos” resistieron estoicamente.
Faltando dos canciones para culminar con el repertorio, las que correspondían a Chile y Argentina, optaron por dejar el broche de oro para nuestro vecino trasandino. Al anuncio de que le correspondía el turno a Argentina, al igual que lo hizo con cada uno de los países representados, el director de orquesta invitó a los argentinos presentes a levantar la mano. Increíblemente, y sin saberlo, yo era el único. Se hizo un silencio, pues los comensales buscaban en todas direcciones al no ver manos en alto. Pero alguien se percató de que en el fondo de la sala había uno; tan solo uno, lo que causó cierta sorpresa arrancando murmullos.
El punteo de la guitarra, mágicamente hizo que todos callaran. Luego le siguieron el acorde de los demás instrumentos; y cuando el cantor moduló las letras iniciales del tango “Yo adivino el parpadeo de las luces…”; un grupo de Rotarios instantáneamente lo acompañaron. Segundos después cantaban todos. Alguien se puso de pie, y al instante, como impelidos por un único resorte, todos estábamos parados cantando a viva voz, con inusitado fervor y entusiasmo. La emoción que sentí fue indescriptible, apoteótica, inenarrable. Una experiencia no apta para cardíacos. A más, fui el único; recalco, el único que no cantó; y por dos razones: una, la de no saber bien la letra; la otra, es que se me hizo un nudo en la garganta. La “piel de gallina” me duró varias horas. Me pregunté, y me sigo preguntando, cual es el hechizo que provoca nuestra música, siendo que antes hubo un despilfarro de grosera e insolente irrespetuosidad hacia las demás canciones que la precedieron. Fue tanta la emoción vivida, de la que tengo la más absoluta certeza que nunca la olvidaré.
El Instituto Rotario de Quito 1999 culminó con una gran Cena de Gala, en un recinto atiborrado de historia; en el Comedor de los Estudiantes del Convento de San Ignacio.
La iglesia y el Convento San Ignacio de Loyola de La Compañía de Jesús de Quito, se erige en el Centro Histórico de la ciudad. La portada de su templo mayor, labrada totalmente en piedra volcánica, está considerada como una de las más importantes expresiones de la arquitectura barroca en el continente americano y del mundo. A lo largo del tiempo, esta iglesia ha sido llamada, además: Templo de Salomón de América del Sur. Otros la describieron como “el mejor templo jesuítico del mundo”.
La iglesia, y su rica ornamentación interna, totalmente cubierta con láminas de oro, es una de las mayores atracciones turísticas de la ciudad y un patrimonio invaluable, tanto artístico como económico.
En uno de sus laterales, contigua al templo, dando a la calle, se ubica el Comedor de los Estudiantes. Inmensa sala de estilo barroco, la que obnubila su majestuosidad. El espacio se colmó de comensales, por lo que fue difícil cuantificarlos. Pudieron haber sido alrededor de seiscientas personas. Excelente atención, un menú exótico, pero de gran calidad, y un ambiente festivo, fue la culminación de nuestro periplo por tierras Ecuatorianas.
En el comedor del Convento, al cobijo de sus vetustos muros, sentía a flor de piel, que quinientos años de historia nos contemplaban.
